Álvaro Ganuza El Elegido…Batalla entre clanes

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  Álvaro Ganuza  El Elegido…Batalla entre clanes

 

El Elegido… Batalla entre Clanes

Álvaro Ganuza

El Elegido…

CAPÍTULO 1

 

Como de costumbre en mi llegué tarde al autobús y ahora debía esperar dos horas para coger el siguiente. Era en momentos como éste en los que recordaba lo bien que me vendría el coche pero a pesar de llevar meses intentando sacarme el carnet, se me resistía. Para pasar el rato me fui a una cafetería que a pesar de estar llena, tuve la suerte de encontrar una mesa libre. Me encendí un cigarrillo mientras el camarero me tomaba la nota. -Solo quiero un café con leche gracias.- le dije. Mientras esperaba mi café, observé que toda la gente miraba la tele de la cafetería que retransmitía un partido de fútbol. A mí no me interesaba en absoluto por lo que me fijé en lo amplia que era la cafetería y la decoración. Nada me llamaba especialmente la atención hasta que mi mirada fue a parar a la mesa del fondo de la cafetería. La ocupaban seis chicas jóvenes a cada cual mas hermosa que no me quitaban el ojo de encima. Hoy hacía un autentico día de calor, así que me quité la cazadora de cuero dejándola sobre la mesa. Las chicas del fondo seguían mirándome, cosa que me incomodaba pero a la que ya estaba acostumbrado por mi físico. Medir 1,90, ser atlético, moreno de ojos marrones miel, me hacía llamar la atención allá por donde iba. Una de ellas se levantó y dirigió a mi mesa, su pelo negro azabache resaltaba aún más su bello y pálido rostro. Cuanto más se acercaba, sus labios rojos aumentaban en sonrisa. -¿Tienes fuego?- me preguntó colocándose un cigarri-

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llo entre sus carnosos labios. -Sí, claro. Extendí mi brazo con el mechero accionado a su cigarrillo y mientras prendía, ella colocó una de sus manos sobre la mía, estaba tan gélida que aparte la mía rápidamente. -Gracias, me llamo Lena ¿y tú? -Robert.- contesté frotando mi mano helada. -Encantada Robert, ¿que edad tienes? pareces muy joven.- volvió a preguntar. -Veinticinco- contesté. -¡Qué coincidencia, nosotras también! Por cierto… bonito tatuaje.- dijo sonriendo mientras se marchaba. -Gracias. Tenía dos tatuajes diseñados por mí; uno en el antebrazo derecho y otro en el abdomen. Los dos me los hice hace tiempo. Apagué el cigarro en el cenicero y dí un sorbo al café que me había traído el camarero minutos antes de la llegada de Lena. De reojo podía ver que ella y sus amigas continuaban mirándome. Encendí otro cigarrillo intentando que no me diera la risa cuando un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Al levantar la vista pude ver como un chico entraba en la cafetería. Tendría mi edad pero su ropa oscura le hacía parecer mayor. Se levantó las gafas de sol con la mirada puesta en Lena y sus amigas y las saludó, cosa que a ellas no les gustó nada, por la cara que pusieron. Tras esto, se fijó en mí, también era de rostro pálido pero su cabello castaño le disimulaba. Sentado en la barra frente a mí, no pedía nada, tan solo me observaba tras las oscuras gafas de sol.

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Un calor sofocante empezó a inundar mi cuerpo poco a poco y antes de que llegara a mi cara, corrí al baño. Allí me relajé y al abrir el grifo para refrescarme, el agua salió precipitadamente mojándome la parte baja de la camiseta y un poco el pantalón. -¡¡¡Mierda, joder!!!- exclamé. No podía salir con estas pintas, ni taparme con la cazadora porque me la había dejado en la mesa, así que lo que hice fue recogerme la camiseta para poder secarla en el secamanos de la pared. Estaba en pleno proceso cuando la puerta del baño se abrió. Era el chico que me miraba desde la barra. Al verme sonrió y tras ponerme rojo como un tomate, salí corriendo. -¿Robert, te apetece dar un paseo con nosotras?- me bloqueó Lena al salir del baño. -Lo siento pero no puedo, otro día. Sin mirar atrás recogí mis cosas de la mesa, pagué el café y me marché hacía la parada de autobús. Como aún faltaban veinte minutos para que llegara, me encendí otro cigarrillo y me senté en un banco. Al hacerlo, del bolsillo de la cazadora cayó un papel, lo desdoble y leí lo que ponía. “CURIOSO TATUAJE, ¿SABES QUÉ SIGNIFICA?” Pensé que había sido Lena y mientras estrujaba el papel para tirarlo, un BMW Z3 negro paró justo frente a mi. Bajó la ventanilla y pude ver que era el mismo chico del bar. -¡¿Has leído mi nota?!- dijo sonriendo y después se marchó.

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Me tapé el tatuaje que esta tarde estaba causando tanta expectación. -¡¡Es que han abierto hoy las puertas del manicomio!!- me dije. Al llegar el autobús me subí y poniéndome los cascos esperé a que me llevara a mi pueblo. Por el camino pensé en nuestra llegada a este país hacía trece años. La empresa donde trabajaba mi padre, Manuel, lo trasladó aquí para que se hiciera cargo de varios supermercados que iban a abrir. Tenía doce años cuando dejamos España y tardé en acostumbrarme al idioma y a las costumbres pero mi hermano Allan, un año mayor que yo, parecía que había vivido en USA toda la vida. En España teníamos abuelos pero por culpa de este traslado, mi madre y ellos, que eran sus padres, se habían enfadado y desde entonces no teníamos contacto alguno. Al llegar a casa, mis padres y Allan me esperaban para cenar. -Lo siento, perdí el primer autobús.- me disculpé. Tras colgar la cazadora en la percha y lavarme las manos me senté a la mesa. -¿Cuándo piensas sacarte el carnet de conducir?- espetó mi hermano. -Cuando empieces a usar el cerebro. -Vale de peleas en la mesa y cenar. Allan y yo discutíamos mucho como buenos hermanos que éramos. -¿Qué tal en el trabajo?- me preguntó papá. -Como siempre- respondí encogiéndome de hombros. Trabajaba de camarero en un bar en la ciudad, Seattle. Todas las mañanas cogía el autobús que me llevaba desde mi pueblo EastVille hasta allí. Lo único bueno que tenía

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mi trabajo era que también trabajaba mi buena amiga Laura. -Pero si no trabaja nada- se burló Allan. -Mira quién habla, el que se dedica a pasear a los enfermos de un lado a otro. Mi madre era la enfermera jefe del hospital North Seattle y Allan entró allí como celador. Salían de casa tres horas antes que yo y llegaban tres antes, por ese motivo yo no iba con ellos en el coche. -Chicos no discutáis.- intercedió mamá. La pobre siempre ponía paz entre los dos, aunque sabía que yo era su favorito. Mi padre por el contrario era tan duro con Allan como conmigo, siempre quiso que siguiéramos sus pasos y entrásemos en la empresa pero ninguno lo hicimos. -¿Edna hay cervezas? Hoy hay partido.-preguntó a mamá -Sí, he comprado hoy. Papá y Allan veían casi todas las noches el fútbol, si no podían lo grababan, yo en cambio me enchufaba al ordenador en mi cuarto y así pasaba las horas, mientras mamá recogía la cocina. A veces pensaba que los tres éramos unos machistas pero ella siempre decía con una sonrisa… “Me gusta cuidar a mis hombres.” Me senté en el ordenador y recordé la nota que el extraño chico del bar me había dejado en al bolsillo de la cazadora, fui hasta ella y volví a coger el papel para releerlo. -¿Qué me querrá decir con esto?- me pregunté. Comencé a buscar por Internet cualquier cosa sobre -

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tatuajes tribales, miré muchas páginas pero ninguna me sacaba de dudas. -En fin, será una chorrada.- me dije y me fui a la cama. Desde mi habitación podía escuchar a mi padre y a Allan comentar el partido, así que encendí la radio con el volumen bajo y poco a poco caí en un profundo sueño. Desperté de golpe, y cual era mi sorpresa, cuando vi que estaba en la misma cafetería de esta tarde pero con la diferencia de que estaba cerrada. Me encontraba en la misma mesa o eso parecía ya que todo estaba a oscuras, y no se oía nada. De pronto se encendió la tele que retransmitía un partido, parecía el mismo de esta tarde pero no estaba seguro, no le presté ninguna atención. -¿Qué hago aquí?- me pregunté. Unos pasos comenzaron a sonar y yo me agaché, ocultándome con la mesa. Cada vez sonaban más cerca, eran tacones de mujer, y cuando casi podía verlos, unas fuertes manos me agarraron de los hombros alzándome… -¡¡¡Ahaaaa!!!- grité. Estaba en mi cama, todo había sido un sueño pero parecía tan real que aún podía sentir en mis hombros la presión de esas manos. Fui al baño a refrescarme, la casa estaba en silencio. Abrí el grifo y comencé a humedecerme la cara y la nuca, y en una de las veces que incliné la cabeza sentí que alguien pasaba detrás mía. Me giré veloz pero no vi nada, así que cerré el grifo, me sequé con la toalla y al salir… -¡¡¡Ahaaa!!! -Tranquilo hermanito que soy yo.- rió burlón, Allan. -¡Joder, qué susto! ¿Se puede saber que haces levantado?

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-¿A ti que te parece? Ir a trabajar. -¿Y mamá?- pregunté. -Hoy se ha cogido fiesta, a ver si le escuchamos un poquito más. Con el corazón volviendo al mismo ritmo, regresé a la cama. Al tumbarme vi que el ordenador estaba encendido y dentro de una página de esoterismo. Alguien había clicado la parte donde ponía “símbolos ancestrales”. -Pero cómo ha entrado… Salí en busca de Allan pero éste ya se había ido. Corrí hasta la ventana de mi habitación para gritarle pero el coche ya circulaba por la calle. -Ya te pillaré. Al ir a cerrar la ventana, vi en la lejanía un BMW Z3 negro que me resultaba conocido. -Pero si es el coche del chico de esta tarde. Cerré la ventana y corrí las cortinas. Me senté en la cama y después de un rato volví a asomarme para ver si seguía allí. Se había ido. Entonces vi en el ordenador unos símbolos muy parecidos a mis tatuajes y tenían el nombre de Símbolos Ancestrales. Cliqué para saber más pero la página no disponía de más información. Apagué el ordenador y me tumbé en la cama, el saber quien había encendido el ordenador metiéndose en esa página y quién era ese chico que me seguía, eran incógnitas que revoloteaban en mi cabeza. -Me da que hoy no voy a dormir.- resoplé. El despertador comenzó a sonar, lo apagué y me levanté. -¿He dormido? No me lo puedo creer.- me dije sor-

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prendido. Caminé hasta el baño y al aclararme la cara vi en el espejo que mis ojos cambiaban de color, de un amarillo oro a un rojo intenso. Por mucho que me mojaba la cara no desaparecían. -¡¡Ahaaa, mis ojos!!- grité. Mi madre que hoy tenía fiesta corrió hasta el baño al oír mis gritos. -¡¿Qué pasa?!- preguntó asustada. -¡Mis ojos, mis ojos!- repetí entre gritos. -¡¿Pero, qué tienes en los ojos?! Me miré en el espejo y mis ojos volvían a estar normales. -Eh… jabón… me había entrado jabón.- mentí. -¿Y tanto grito por eso ? Anda acláratelos bien con agua.- contestó y se marchó. Me quedé un rato más mirándome en el espejo por si volvía a ocurrir pero todo debió haber sido una alucinación. Tras ducharme y vestirme, fui a desayunar. Después de tomarme el tazón de leche con cereales, me despedí de mamá y marché a coger el autobús para ir a trabajar. Al llegar al bar Laura ya estaba cambiada, siempre teníamos el mismo turno solo que yo atendía la barra y ella las mesas. -Hola Laura, me cambio y te cuento.- le dije. -Hola Robert. Ella era mi mejor amiga por lo tanto mi confidente y yo de ella, nos lo contábamos todo. Hubo un tiempo que nuestro jefe se pensaba que éramos novios pero aparte de que Laura ya tenía uno, Mark; un chico un par de años mayor que nosotros, un completo gilipollas que siempre

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que venía al trabajo me miraba con desdén, era un completo prepotente y no podía entender como Laura podía estar con él, ella y yo tan solo éramos buenos amigos. Me puse el uniforme y salí a la barra. -¿Algo interesante?- preguntó expectante. -Ayer perdí el autobús y me fui a una cafetería… Le conté todo con pelos y señales, incluso lo de la noche, los sueños y las alucinaciones. Laura me miraba con cara seria. -¿Tan ingenua crees que soy? -¡Es verdad lo que te estoy contando! -Lo de la tarde fue una casualidad y por la noche tuviste una pesadilla.- comentó. Laura se marchó a atender a unos clientes que se habían sentado en una mesa, mientras yo limpiaba la encimera de la barra. Estaba ordenando los posa vasos y las servilletas cuando un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Laura se percató. -¿Estás bien?- preguntó. -Sí, solo ha sido un escalofrío. La puerta de entrada se abrió y cuando miré para ver quien era…. -¡No puede ser!- murmuré. -¿La conoces? -Es la chica de ayer que te conté. Esta vez venía con una amiga, las dos igual de pálidas con gafas de sol, aunque hoy el cielo estaba encapotado. -¿Trabajas aquí? Que casualidad.- sonrió Lena al acercarse. -Buenos días, ¿que les pongo?- pregunté educado. -Robert, esta es mi amiga Denia. -Hola.- saludó ella.

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-Hola, buenos días.- respondí. Denia parecía más joven que Lena y su media melena rubia no la hacía tan pálida como Lena. Sus finos labios rojos resultaban muy sensuales. -Todavía no sabemos que pedir, ¿te importa que nos sentemos en la mesa y después pidamos?- habló Lena. -No para nada. Mi compañera les tomará nota. Las dos se sentaron en la mesa y Laura entró a la barra conmigo. -Son muy guapas aunque algo pálidas.- susurró. -Lo que sorprende es que estén aquí. -¿Crees que te acosan?- dijo burlona. -No te rías que esto es serio. Al girarme para ver si miraban, Lena estaba de pie junto a la barra sonriendo. No la habíamos oído llegar. -Queremos dos refrescos de naranja.- pidió sonriendo. -Muy bien, enseguida se los llevo. Lena volvió a la mesa y Laura preparó los refrescos. -¿Crees que nos ha escuchado?- pregunté a Laura. -Estoy completamente segura de que….. sí. -Que vergüenza. Mientras Laura llevaba los refrescos a las chicas, yo limpiaba copas. -¿Te has fijado en sus ojos? ¡Son rojos!- exclamó mi amiga al regresar. -Sí, me fije ayer, serán lentillas, parecen de película. Laura seguía atendiendo clientes y yo me dispuse a correr las cortinas de las ventanas del bar, no es que tendría buenas vistas pero al menos, veía el exterior. Volví a la barra y puse los pedidos de Laura cuando Lena golpeó la mesa. Tanto yo como mi compañera miramos rápidamente para ver que pasaba. El semblante de

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Lena había cambiado radicalmente y su amiga Denia la intentaba tranquilizar pero sin resultado. ¿Qué había pasado para que Lena se pusiera así? Una luz parpadeó desde el exterior del bar, miré para ver qué era. -Esto ya me está acojonando.- me dije. Regresé a la barra y de los nervios se me cayeron dos copas. -¡Joder!- exclamé. -¿Robert, estás bien? Cuida no te vayas a cortar. -Sí… eh… que patoso. -Te tiembla la voz, ¿qué pasa? -Mira fuera. Laura se giró hacia la ventana. -Solo veo un coche, bueno un cochazo. -¡Eso es! -No me digas que es el de ayer. -Sí, creo que voy a llamar a la policía. Lena se acercó hasta nosotros. -Robert, ¿podrías dar este papel al chico que vendrá dentro de un rato? Había algo en su mirada que me transmitía desconfianza pero no era por su aspecto extraño; desde que tuve un encuentro con un mendigo dejé de fijarme solo en las apariencias de las personas. Ocurrió hará un par de años, yo me dirigía al trabajo cuando de una esquina surgió un mendigo pidiendo limosna. Su aspecto me dio tanta grima y tanto asco que hasta él lo notó, pero eso no le hizo detenerse cuando cruzando un paso de peatones, un coche que circulaba a gran velocidad estuvo a punto de atropellarme, de no ser por el fuerte tirón hacia la acera del mendigo, Mike Ste-

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venson, hoy no estaría aquí. Desde aquel día, cada vez que lo veía, le daba dinero y lo ayudaba en lo que pudiera. Aquel día mi vida cambió en muchos aspectos entre ellos a no juzgar más a las personas por su aspecto. -¿Y por qué no se lo das tú?- le dije. -Por favor, me harías un gran favor. -No quiero rollos raros. -Por favor.- suplicó. -Dame, yo se lo daré.- se entrometió Laura. Moví la mano para evitar que mi amiga cogiera el papel y Lena aprovechó para agarrarme el brazo y clavarme una especie de cuchillo punzón. -¡¡Ahaaa..!!-grité. -¡¡Nooo… Robert!!! -Sé que me perdonarás.- susurró. Me besó la frente y sus fríos labios parecieron congelarme el cerebro. Después se marchó y con ella su amiga Denia. Laura me sacó de detrás de la barra con el brazo chorreando sangre y me sentó en una silla. -¡Tranquilo Robert!- exclamó alarmada. Me arranqué un trozo de la camisa del uniforme y me envolví la herida. -Laura, llama a la policía.- dije. Cuando ella fue en busca del teléfono, una mano me agarró del hombro. Era el chico del BMW. -Déjame ver, soy médico. No confiaba en él pero dejé que me viera la herida. Sus manos eran tan frías que parecían cubitos de hielo, aunque igual se debía a mi pérdida de sangre. -Es muy tarde, no puedo esperar.- dijo levantándome de la silla.

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-¿Qué vas…? No me dejó terminar. Se sacó un cuchillo muy similar al de Lena de la espalda y me lo clavó en el abdomen. -¡Ahaaaa..!!- gruñí. Caí al suelo. Estaba a punto de perder la consciencia pero logré ver como se iba el chico y a Laura gritando corriendo hacia mí. La vista se me nublaba, no podía pedir ayuda, tampoco oír nada. La oscuridad se apoderó de mí… había llegado mi hora.

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