Álvaro Ganuza El pacto de la Sirena

 

Álvaro Ganuza El pacto de la Sirena

 

el pacto de la sirena

Capítulo 1 El pacto de la Sirena

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Inspirar… espirar… inspirar… espirar… No sé por qué todavía
me pongo nerviosa en estas pruebas de selección. Desde los
seis años llevo formándome en danza clásica y no es la
primera prueba de acceso que hago para entrar en una
compañía. Ya debería estar acostumbrada pero estos nervios…
Mientras estiro y caliento, otras aspirantes realizan la
prueba. Son buenísimas y aunque mi madre diga que esta vez
si que me cogen, las dudas surgen en mi cabeza.
Daría lo que fuese por entrar en esta Compañía de Danza
Clásica. Aquí en Nueva York es de las más famosas y con
mejor reputación.
-Casandra Richards.- me llaman.
Vale, mi turno. Me levanto y con mi mono de licra negro,
mis zapatillas de media punta blancas y mi melena castaña lisa
sujeta en un tirante moño, me sitúo en el centro de la sala,
frente a la directora de la compañía y tres supervisoras más.
En un minuto debo sorprender con mi coreografía y
demostrar que soy buena pero el hecho de que haya tanta gente
mirándome… ¡Ay Dios! ¡Malditos nervios!
Entro en casa cabreada.
¡A tomar por culo! ¡No pienso hacer ninguna prueba más!
Tiro la mochila al sofá y me siento apoyando los pies sobre
la mesa de madera y recuesto la cabeza. Tengo que llamar a
mamá para decirle que no me han cogido, otra vez. Saco el
móvil del bolso y cuando estoy a punto de llamarla, escucho
un ruido en la habitación.
-¡¿Mat?!
Mi novio no me responde. Me levanto del sofá y dirijo mis
pasos hacia la habitación pero antes paso por la cocina y cojo
el rodillo. Aún es pronto como para que Mat esté en casa y no
trabajando. Lentamente me acerco a la puerta, pego la oreja
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para ver si escucho algo y agarrando el pomo abro de golpe.
Lo que veo es peor que si me estuviesen robando. Mi novio
de toda la vida está junto a una rubia, ambos a medio vestir.
Me miran sorprendidos y yo, tras el shock, aprieto el rodillo
entre mis manos y dejo que surja la bruja malhablada que hay
en mi interior.
-¡Serás cabrón!- le increpo.
-¡Cas, te lo puedo explicar!
-¡Fuera de mi casa, cacho puta!
La rubia recoge sus pertenencias y sale escopeteada
mientras mi odio hacia Mat va en aumento.
-¡Eres un hijo de puta y te quiero fuera de mi casa. No
quiero verte cuando vuelva!
-¡Cas, espera!
Cojo mi bolso, el abrigo, la bufanda y me marcho antes de
que cometa una locura. Por su bien, más le vale que no esté
cuando regrese.
Desde los quince años juntos. Seis años de relación a la
mierda por meterla donde no debía. ¡Será imbécil!
Camino ofuscada por las calles de Manhattan sin saber
donde ir. Hace un frío de la leche y aunque mi abrigo largo sea
cálido, el clima otoñal me llega a los huesos.
Entro en la primera cafetería que veo. ¡Oh, qué calorcito!
Me siento en una de las mesas y tras dejar el bolso en la
silla contigua, me quito la bufanda y el abrigo. Estoy tan
concentrada maldiciendo al idiota de Mat, que no me doy
cuenta de la presencia de la camarera.
-Un café bien caliente y una magdalena de arándanos, por
favor.- le pido.
-Muy bien.
Mi teléfono móvil comienza a sonar. Al sacarlo del bolso
veo que se trata de Mat. ¡Que te den, capullo!
Corto la llamada y sigo mirando por el ventanal. Ver a
algunas parejas cogidas de la mano y sonriendo, me destroza
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un poco más. Inevitablemente, unas lágrimas corren por mis
mejillas.
Siempre he sido una chica a la que le gusta tener todo
planificado y mi plan era entrar en una compañía de danza y
casarme con Mat. Y ahora… no tendré nada de eso.
Apoyo la cabeza en mis manos mientras las lágrimas brotan
y brotan de mis ojos sin control. ¿Cómo ha podido hacerme
esto? ¡Confiaba en él, maldita sea!
Era mi vecino en Nueva Jersey, nuestras madres son como
hermanas y cuando mi madre me compró este piso en la
ciudad le dije de venirse a vivir conmigo. Y ahora el muy
cabrón me pone los cuernos. ¡A saber con cuantas se habrá
acostado sin darme cuenta! ¿Tan estúpida soy? ¿Tan poco me
quería? ¿Tan poco me respetaba?
La camarera me trae el pedido y yo me limpio las mejillas
con el dorso de la mano.
-¿Te encuentras bien?- pregunta al verme.
-Sí.- sonrío falsamente.
Mi teléfono sigue sonando, es Mat pero lo ignoro y paso de
él. Mastico la magdalena rabiosa deseando que se pille una
infección en la polla. Bebo café y el móvil sigue sonando.
Tras ocho llamadas, decido coger y dejarle las cosas bien
claras.
-¡Deja de llamarme!- le gruño.
-Escúchame Cas, he sido un estúpido, no sé que me pasó…
-¡¿Qué te pasó?! Te has follado a una tía en nuestra cama.
Me das asco y no quiero verte en mi vida.
-Cas, por favor… por favor, tienes que perdonarme.
-Jamás. ¿Me oyes bien? Jamás te lo perdonaré.
Corto la llamada y me retiro de la cara las lágrimas que
vuelven a brotar. Silencio en móvil y lo guardo en el bolso.
Cojo la taza para dar otro sorbo al café pero las manos me
tiemblan demasiado. Dejo la taza sobre la mesa y me paso las
manos por mi pelo castaño claro.
Necesito tranquilizarme pero Mat ocupa mi mente y la
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fábrica de lágrimas sigue funcionando. ¡Maldita sea!
Es retirarme una y salir dos más. Me siento tan traicionada…
Terminada la magdalena decido llamar a mamá que estará
esperando mi llamada. Mat sigue atosigando.
-Hola cariño. ¿Qué tal, cómo te fue?
-Hola mamá, no me han cogido.
-Oh, cariño, lo siento mucho. La próxima vez será.
Mi madre es siempre tan positiva… es de las que creen que
las cosas malas que te pasan es porque te aguarda una mejor.
Siempre ve el vaso lleno, ni medio ni nada, hasta arriba.
-No habrá próxima vez.- le digo.- Estoy cansada de ir a
pruebas.
-¿Y entonces que vas a hacer? Tienes 21 años. ¿Te vas a
dedicar toda la vida a ser camarera en ese sitio?
-Gracias a “Georgies” puedo comer y vivir.
“Georgies” es un bar de Manhattan en el que trabajo desde
hace varios meses. El dueño es muy simpático y me trata bien,
y mis compañeros también son un encanto.
-¿De verdad que vas a dejar de bailar?
-Por el momento sí, mamá.
-¿Y Mat que opina?
Silencio y pienso que puedo decirle. En cuanto lo sepa, irá
directa a la madre de él.
-Hemos terminado, mamá.
-¡¿Cómo?!- exclama.
-Que Mat y yo hemos terminado.
-¿Pero… pero qué ha pasado? ¡Lleváis años juntos! ¡Si
estáis hechos el uno para el otro!
-Mira mamá, no me apetece hablar de ello. Ve donde su
madre y que ella lo llame.
-Casandra, no entiendo que te está pasando. Dejas el baile,
rompes con Mat…. Quiero que vuelvas a casa.
-No mamá, lo siento pero ahora lo que menos necesito es
volver a casa. Voy a quedarme aquí y seguiré adelante.
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-¿Adelante en qué?
-En lo que sea mamá. Y ahora tengo que dejarte, ya
hablaremos.
-Casandra, me tienes muy preocupada.
-Estaré bien. En unos días te llamo.
-Llámame o iré a buscarte.
-Lo haré. Adiós mamá.
-Adiós cariño.
Cuelgo y sé que ahora mismo, mi madre estará de camino a
la casa de su amiga, la madre de Mat. Que el sinvergüenza de
su hijo le diga por qué hemos roto.
Termino el desayuno y tras ponerme el abrigo, la bufanda y
coger el bolso, me dirijo a la caja a pagar.
Estoy rebuscando la cartera en el bolso cuando alguien me
susurra al oído.
-Una chica como tú no debería llorar por un capullo que no
sabe valorarla.
Mi cuerpo tiembla al escuchar esa voz masculina tan sexy y
al girarme casi me caigo de culos al suelo. Un Dios rubio y de
ojos verdes, divinamente trajeado y con una sonrisa
impresionante, está parado a mi lado. No puede tener más de
treinta años y tras hacerme un gesto cortés con la cabeza, se
marcha de la cafetería.
¡La madre que me parió, qué tiarrón!
Cuando consigo reaccionar, me giro para pagar.
-Lo suyo está pagado.- me dice la amable camarera.
-¿Cómo?
-Ese chico con el que estuvo hablando, pagó su desayuno.
Me giro hacia la puerta por donde salió el Dios rubio y sigo
tan perpleja que no sé que hacer. ¡Parezco tonta!
-Bien, vale, gracias.- le digo.
Guardo la cartera en el bolso y me voy.
¡Me ha pagado el desayuno! ¡Dios mío! Aunque me
incomoda un poco lo que me dijo, significa que escuchó mi
conversación con Mat.
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Sigo caminando por la ciudad sin un destino en concreto.
Necesito pensar, replantearme mi vida y curar las heridas.
Me detengo ante el escaparate de una tienda de marca y
contemplo los maniquís. Uno lleva un precioso y sexy vestido
rojo pasión. Lástima que cueste 1.400$ sino…
Por el reflejo del cristal veo como un lujoso coche negro, un
Mercedes S Guard con los cristales tintados, se detiene a mis
espaldas. Será alguna ricachona que viene a hacer su compra
matutina. ¡Agg, cómo envidio a esas mujeres! Las que
compran sin falta de mirar el precio.
Continúo con mi paseo mañanero pero ahora tengo claro
dónde ir. Nadie mejor para animarme que mi querido amigo
Glen. Lo conocí en un bar nada más llegar a la ciudad hace
casi un año y desde entonces somos inseparables, es un cielo
de chico y trabaja como personal shopper en una de las
mejores tiendas de Manhattan.
¡Oh, Dios mío! Esta tienda es tan lujosa que me da
vergüenza entrar con mis pitillos negros, camiseta blanca,
abrigo largo negro y botas a juego, y mi cálida bufanda gris.
Glen está con una clienta pero en cuanto me ve, sonríe, se
disculpa un momento y se acerca sorprendido de verme allí.
-¿Qué haces aquí, preciosa?
Me estruja entre sus brazos y me da dos sonoros besos en
las mejillas. ¡Es un cielo!
27 años, uno ochenta y tantos de altura, moreno de pelo
corto, atlético, ojos azul cielo y guapísimo. Viste un traje gris
oscuro y aunque mucha gente relaciona su trabajo con ser gay,
este chico es muy hetero. Lo sé porque cuando nos conocimos
me tiró los tejos, lo ha hecho alguna que otra vez más, he
conocido a varias de sus ligues e incluso se acostó con alguna
en mi casa.
-Quería verte, se que estás trabajando pero…
Un nudo emocional bloquea mis cuerdas vocales y bajo la
cabeza.
-¡Hey, nena!- susurra agarrándome del mentón.- ¿Qué te
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pasa?
-No me han cogido en la prueba de hoy y… cuando llegué a
casa pillé a Mat con una chica. El muy cabrón…
No puedo hablar más, mis ojos se llenan de lágrimas otra
vez.
-Joder.- murmura él.
Vuelve a abrazarme fuerte y tras darme un beso en la cabeza
me lleva hacia un lado de la tienda. Entramos en un despacho
y me sienta en una silla.
-Éste es mi despacho, quédate aquí. En cuanto termine con
esa clienta vuelvo.- me dice.
Se agacha, toma mi cara entre sus manos y me retira las
lágrimas del rostro.
-En cuanto pille a ese mamón se va a enterar.
-No por favor, no quiero que te metas en líos.- le digo.
-Ahora vengo. No tardo, preciosa.
Me da un beso en la frente, me acaricia la mejilla y sale del
despacho.
Mientras retiro de mi cara las lágrimas que siguen saliendo,
observo el despacho de Glen. Es tan sofisticado como él y eso
me hace sonreír. Sobre su ordenado pero saturado escritorio
leo el identificador de aluminio con letras negras “Glen Ford,
Personal Shopper”. Veo la numerosa torre de revistas de
moda y cuando voy a coger una para echar un ojo, mi amigo
entra en el despacho.
-Ya estoy aquí, cielo.
Glen acerca una silla a mi lado y antes de sentarse se quita
la americana de su traje gris oscuro. Es increíble lo que las
camisas hacen a algunos hombres, no es necesario que lleven
prendas ceñidas para ver que tienen un físico impresionante
bajo la ropa. Ése es el caso de Glen.
-Bueno cuéntame. ¿Qué está pasando por esa dulce cabecita?
-Estoy hecha un lío, Glen. He decidido que voy a dejar de
bailar por el momento y ahora siento que mi vida se ha
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acabado. No sé que hacer, mis planes se han ido a la mierda y
por mucho que intento buscar otro, en mi cabeza solo está el
idiota de Mat.
Glen se acerca a mí y me recoge un mechón del pelo tras la
oreja. Me agarra del mentón para que lo mire y me sonríe. Es
imposible no contagiarte con esa preciosa sonrisa y sonrío yo
también.
-¿Estás segura en lo del baile?
Él sabe que mi meta era entrar en una compañía de danza.
-Sí, soy buena pero no excepcional.
-Para mí si lo eres. Te he visto bailar y eres pura delicadeza
en movimiento. No entiendo que buscan en esas compañías
pero ellas se lo pierden.
-Gracias Glen.
-Y en cuanto a ese mamón… sé que son muchos años de
relación y costará olvidar, pero debes hacerlo. Lo que te ha
hecho es imperdonable. ¡Dios, no pensé que fuera tan capullo!
Glen se llevaba bien con Mat pero aun así, se llevaba
muchísimo mejor conmigo.
-Me siento tan traicionada… ¿Es la primera vez que me
engaña o lo ha hecho más veces? ¡Dios, ya no sé que pensar!
Le he dicho que cuando regrese, no quiero verle en casa.
-Bien hecho. ¿Hoy trabajas?
-Sí.
-Iré a “Georgies” y te acompañaré a casa por si él sigue allí.
Doy un gran suspiro y afirmo con la cabeza. Estoy segura
de que Mat seguirá allí, aunque rezo porque no esté ya que
Glen lo sacará de casa a patadas si hace falta.
-Después de salir de casa y dejarle allí, fui a una cafetería y
me pasó algo extraño.
-¿Qué pasó?- se interesa mi amigo.
-Pedí un café y una magdalena, y mientras desayunaba Mat
no hacía más que llamarme, al final le cogí y le dije que me
dejara en paz, que me daba asco y que jamás le perdonaría lo
que me ha hecho.
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-¡Ésa es mi chica!- me anima.
-Bueno, el caso es que cuando fui a pagar, un chico me
susurró al oído que no debía llorar por un capullo que no me
valoraba y cuando se marchó la camarera me dijo que ese
chico había pagado lo mío.
-¿Y que chico era?- curiosea.
-No lo sé, era la primera vez que lo veía pero… ¡Era un Dios
rubio de ojos verdes! Casi me caigo de culo al verlo. ¡Madre
mía Glen, no he visto un chico tan perfecto en mi vida!
Mi amigo suelta una carcajada y después cruza los brazos y
me mira con el ceño fruncido. Yo río.
-Aparte de ti por supuesto.
-Eso me gusta más.
Los dos reímos otra vez.
-De verdad que me quedé perpleja porque jamás me había
pasado algo igual.
-Cas.- dice Glen.- Deberías quedarte perpleja porque no te
pase más a menudo. ¿Es que no lo ves? ¡Eres un portento de
chica!
Sonrío y me ruborizo. Nunca me he sentido una chica
atractiva y no me ha hecho falta ya que tenía un novio al que
quería con toda mi alma.
-Mat es un gilipollas.- continúa él.- Y ahora verá lo que ha
perdido, la gran chica que ha perdido.
-Glen ¿Cómo he podido tener tanta suerte de conocerte?
Sabía que tú me animarías.
Él sonríe, se levanta de la silla y me levanta con él para
rodearme entre sus brazos y estrujarme bien fuerte.
-Yo sí que he tenido suerte.- murmura.
Con mi cara oculta bajo su cuello puedo oler el aroma de mi
amigo. Es dulce y atrayente. Me gusta.
-¿Qué perfume llevas?- le pregunto.
-Hugo Boss Orange. ¿Por qué?
-Me gusta.
Me separo para mirarle a la cara y tras acariciale la mejilla,
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me estiro para darle un beso en los labios. Son tan suaves
como siempre había imaginado.
-Siempre te he debido un beso.- le sonrío.
Glen también sonríe y afirma con la cabeza.
-Ahora dejaré que sigas trabajando, nos vemos más tarde.
-Vale preciosa. Animate, que no me gusta verte mal.
-Lo haré.
Vuelvo a darle un fuerte abrazo y tras coger el bolso salgo
de su despacho y de la tienda.
Cuando salgo a la calle, ya me encuentro un poco mejor.
Sabía que venir a ver a Glen era una buena idea.
Parado en la avenida está el Mercedes S Guard negro que vi
antes. Por lo visto, la mujer a la que espera ha decidido salir
hoy de shopping. ¡Qué envidia!
Sigo caminado por la ciudad. Me encanta Manhattan, es una
ciudad tan viva… tan multicultural… tan fascinante… Fue una
gran idea venirme aquí y seguro que mis heridas cicatrizarán
veloces.
Antes de ir a trabajar, me paso por el restaurante
“Cookbook” para comer. Aquí trabaja mi prima Rory con la
que siempre me he llevado de maravilla al ser de mi edad. Es
una chica monísima, rubia, esbelta, con sus curvas bien
marcadas y unos ojazos azules que se los cambiaba por los
míos oscuros.
¿Por qué las personas somos así? Si tengo el pelo liso lo
quiero rizado, si mi pelo es castaño claro lo prefiero moreno,
ojos oscuros pues quiero claros…
Nada más entrar la veo junto a una mesa, hablando con unos
clientes. Es una de los sommeliers del restaurante.
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